Está muy de moda por estos tiempos observar en los bancos de suplentes a los directores técnicos. Los programas deportivos se hacen una panzada cada fin de semana mostrando los interminables gestos de Carusso Lombardi, a esta altura la estrella estelar del reality. O los saltos y corridas desesperadas de Simeone tratando de significarle a un jugador lo que tiene que hacer o intentando cabecear un centro del cual está a no menos de 70 metros.
Ya dejaron de ser los que planificaban el partido previamente y luego se dedicaban a mirarlo sentados para sacar conclusiones que serían charladas en el entre tiempo o en la semana para el próximo encuentro. Hoy son un protagonista más para la TV y para el espectador, que ya compró el paquete clásico o Movie City + Cinecanal 2. Así el programa Paso a Paso te pasa una jugada acompañada de los gestos que el técnico hizo en ese mismo instante (a veces, hay que decirlo, no se condicen porque son de otra acción, pero igual las ponen). Haciéndolos las figuras principales de los encuentros, dado que después de concluido el mismo tienen una nota muy amistosa con los cronistas hablando de sus gestos o, en otras oportunidades, contando chistes en nombre de “desdramatizar la cuestión”.
Uno se pregunta cuanto hay de actuación y cuanto de espontaneidad en estos sets y el solo hecho de ponerse en el lugar ruboriza. Pero especulaciones al margen, también cabe preguntarse, en definitiva lo más importante: ¿Cuánto suma esto a la causa?. Si aceptamos que el DT es el conductor del grupo, el que debe tener el equilibrio, el que supuestamente le pedirá calma a sus jugadores cuando todo va a mil y no encuentran respuestas. ¿Como lo hará?, o mejor dicho, ¿como el jugador tomará ese mensaje de alguien que lo único que no tiene es calma y equilibrio?. Vale decir que mientras los resultados acompañen, como todo en este fútbol, nada pasará y el personaje será comprado por propios y extraños. Los hinchas lo verán como un hincha fanático de sus clubes porque no solo se desvive dando indicaciones, sino que grita los goles como el más fanático de la popular.
Distinto será el trato si las cosas comienzan a ir mal. Allí será visto como una especie de demonio que no para de gesticular y de “vender humo”, será acusado de sobreactuar la situación, lo cual es lo más razonable, y hasta se le solicitará que no salga del banco, “si no sabe nada”.
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