martes, 13 de mayo de 2008

UN ESTADO DE ANIMO

Un equipo es un estado de ánimo. Una muestra basta de esto la dio River en menos de 5 días. Sabida y consagrada la inexplicable derrota ante San Lorenzo por la Copa Libertadores, el domingo debía afrontar el partido con Gimnasia (LP) para defender la punta del Clausura, y en los primeros 45 minutos pareció seguir jugando aquel partido, repitiendo errores e intenciones. Pero todo cambio en el segundo, con un par de ingresos que le dieron otro aire y principalmente otra fisonomía al equipo.
Fue así porque hasta el termino del primer tiempo River se valió de las mismas intrascendentes armas para atacar a Gimnasia y porque en defensa sufrió la falta de inteligencia, no solo de los defensores, para contra restar a un rival que lo atacó mucho más que San Lorenzo. ¿Consecuencias? Cuatro tiros en los palos y dos goles para Gimnasia; e infinidad de pelotazos para Abreu, que ganó casi siempre, peinando la pelota para que atrás de él solo esperaran los defensores del Lobo. Muy lejos Sánchez, como Buonanotte y Augusto, el recurso de ganar de arriba para aprovechar la rapidez de los que van atrás fue inútil e inefectivo.
El ejemplo más acabado del momento que estaba pasando River se vio en el segundo gol de Gimnasia. Tiro libre en ataque para el visitante del lado izquierdo, contra la raya, a la altura del área grande. Gerlo y Cabral, que estaban cerca de la jugada, volvían hablando sin mirar la ejecución. Ormeño sacó rápido para Neira, que esperaba solo, solo, en la entrada del área y fue derechito a Carrizo que en su intento por defender todo el arco descuido el primer palo, por donde entró la pelota. Eso era River. Superioridad numérica para defender pero falta de inteligencia para hacerlo bien. La supremacía no le garantizaba nada, porque salían de a uno y a destiempo, entonces siempre había alguien para recibir solo. Pese a esto Abelairas se las arregló para marcar un golazo desde 25 metros, con un zapatazo al ángulo.
El segundo tiempo fue otra cosa. Ortega y Ahumada adentro. Augusto y Ponzio afuera. Al minuto de juego ya se podía ver un cambio fundamental. Ya no se le iba a tirar la pelota a Abreu. La redonda era propiedad de Ortega, que esta vez si fue práctico, sencillo. Sabía cuando tocar y pasar. Cuando enganchar y entretener la pelota para buscar la mejor opción. Entonces River fue otro y sus compañeros se contagiaron. A los cuatro minutos el resultado estaba en el marcador. Un par de toques que terminaron con un desborde de Abelairas, que muy frío e inteligente (otro le hubiera roto el pecho al arquero), jugó la pelota atrás para la llegada de frente de Buonanotte, quien definió de primera con derecha, 2-2 y a seguir buscando. A esto me refiero cuando hablo de estado de ánimo. Como en un mismo partido un equipo puede dar vuelta la historia a partir de su estado mental. Con el ingreso de Ortega los millonarios ganaron en confianza, y esas dos primeras pelotas que tomo el Burro al ingresar fueron una suerte de ejemplo y frescura para mandar un mensaje positivo de que se podía jugar de otra forma. Ahora todos jugaban por abajo, salvo en raras excepciones donde se lo buscaba al Loco por arriba, porque siempre es una buena opción. Eso tiene que ser la búsqueda a Abreu por arriba, una opción y no un sistema repetitivo.
Así se potenciaron todos. Ferrari iba por la derecha, el chileno era desequilibrante, Buonanotte tocaba y pasaba o los encaraba, Abreu se insertaba en el circuito de juego, Abelairas encontraba al mejor ubicado para cederle la pelota limpia, Ahumada ordenaba el medio y se dedicaba a cumplir su función, y Ortega dirigía la orquesta.
Con estas armas River se llevó por delante a Gimnasia y lo arrinconó contra su arco para terminar ganando 4-2 con otro golazo de Abelairas, que terminó una jugada que había comenzado por un lado y finalizó por el otro, con una definición precisa. Y para lo último quedó la frutilla del postre. La inició Abreu por la derecha, la siguió Buonanotte por la izquierda y la terminó Ortega por el medio. Todo esto conspiró para cambiar el estado de ánimo de un equipo que parecía no poder olvidarse de una derrota pesada e indigerible.

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